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Un rostro de Atabey: memoria, presencia y huellas indígenas caribeñas en el retrato contemporáneo.

La artista puertorriqueña Alejandra Baïz trabaja a través del retrato, influenciado por referencias, simbolismos y la memoria de los pueblos indígenas del Caribe. Su práctica a menudo recurre a la cultura visual taína, no como ilustración histórica, sino como una forma de explorar cómo la ascendencia sigue presente en la identidad contemporánea.


Un rostro de Atabey se inscribe dentro de esta exploración en curso.



A primera vista, es un retrato con el mar de fondo. Una figura que emerge de la suave luz de la luna, sostenida por el agua y el horizonte. Pero cuanto más tiempo se contempla, más se transforma. Los detalles empiezan a revelarse.


Esto no es solo la imagen de una mujer. Es un diálogo visual con la memoria indígena caribeña.


Baïz se inspira en la cultura taína y en las tradiciones visuales indígenas caribeñas en general, no como decoración, sino como puntos de referencia para la identidad y la memoria. Las formas circulares doradas, el tocado y los ecos ceremoniales en la composición remiten a objetos y símbolos ancestrales que alguna vez tuvieron significado en todo el Caribe.




Entre estas referencias se encuentran las taguas , adornos de oro históricamente asociados con el pueblo taíno. Descritas en escritos antiguos como láminas de guanín con formas circulares y rectangulares, se usaban como pendientes y adornos corporales. En la obra de Baïz, estas formas no se reconstruyen como réplicas históricas, sino que se reinterpretan, integrándose en la presencia de la figura misma.


El resultado no es una reconstrucción del pasado, sino una continuación del mismo.


Hay algo intencional en la sobriedad que transmite la obra. El paisaje marino no eclipsa la figura, sino que la envuelve. El agua, la luz de la luna, la quietud de la composición, todo ello crea un espacio para la presencia en lugar del espectáculo.


La figura se encuentra directamente con el espectador. Sin actuación, sin exageración, simplemente presente. Es esta sobriedad la que confiere a la obra su fuerza.

En esa quietud, la pintura se convierte en algo más que un retrato. Se convierte en un espacio donde la memoria se siente lo suficientemente cercana como para tocarla, pero no del todo explicada.


Lo que hace que Un rostro de Atabey sea tan fascinante es esta tensión: entre lo conocido y lo perdido, entre fragmentos históricos e identidad contemporánea. La obra no intenta resolver esa tensión; la mantiene.


Y al hacerlo, plantea una cuestión que va más allá del lienzo:

¿Cómo logran los artistas caribeños traer la memoria ancestral al presente sin convertirla en algo fijo o distante?


En manos de Baïz, la ascendencia no es un capítulo cerrado. Es algo vivo. Algo que sigue aflorando, silenciosamente, en forma, símbolo y presencia.

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